BLAUGRANA AL VENT...SI QUEDA SITIO


Un estelado Camp Nou se enfrenta a la UEFA, 4-XI-2015. Albert Gea, Reuters.
        La vida es chula, dijo Dani Alves vestido de Benzema para la ocasión de celebrar el jalouín. Por supuesto que la vida debe ser muy chula para Dani Alves. Pero no se le ocurra a nadie dudar de la capacidad de observación que un brasileño que quiso ser español tiene sobre la sociedad catalana actual. Es más, creo que da en el clavo al emplear esa frase. Es un eslogan, tomado de la marca Desigual, que retrata mejor que cualquier estudio sociopolítico la situación de Cataluña: es desigual.
            No es lo mismo para los separatistas que para los españoles, es distinta para la CUP que para Convergencia (por mucho que digan), nada que ver para la familia Pujol-Ferrusola y el resto del universo mundo y, al fin, es diferente para Mas que para Oriol Junqueras, mudo y afanado en barrer los restos de Convergencia usando a la CUP de fregona. Ahora bien, si hay un sitio donde todo parece ser igual es el Camp Nou. Lugar de acuerdo y de unanimidades a la búlgara, en especial para protestas por determinadas causas políticas.
            En el mítico campo azulgrana últimamente se pita al unísono lo español y se tremola al viento todo aquello que represente a la nación catalana. Hay quien se sorprende. ¿Acaso no había sido siempre así? Al menos desde el crepúsculo del franquismo el Camp Nou, a cara limpia o de tapadillo, se había convertido en el lugar para manifestar la oposición al régimen y a todo lo que suponía.  Sus paredes eran lienzo para las pintadas con lemas nacionalistas, parecidos a los que circulaban en las octavillas que empezaban a cambiar de mano durante los partidos. Ser más que un club tenía estas cosas. Y estas servidumbres. Tu casa ya no es sólo tu casa. Tu campo ya no es sólo tu campo. Es el lugar para hacer visible la patria y protestar muy alto para que todo el mundo se entere.
            Eso, durante el franquismo, tenía sus razones. Pocos lugares como ese gran estadio para concentrar la rabia y la censura sin levantar sospechas. Una manifestación inmóvil que marchaba cada quince días protegida por el fútbol a salvo de venganzas. Era una dictadura, ya se sabe.
            Pero ha pasado mucha agua (de Canaletas) bajo el puente. La sociedad española ya es otra. Y los catalanes, y el resto de españoles, tienen todo tipo de recursos para hacerse oír, alto y claro. Incluso hay algunos, como el presidente Mas, que tienen todo el poder en sus manos para hacerlo. Me refiero al cuarto poder. El Barça, a estas alturas, no es necesario para aquellas misiones salvo que, como sucede en estos días, haya prisa. Se necesite correr y engrasar el "proces" con todo tipo de ungüentos y lubricantes.
       Lo escribió en El País Ignacio Martín Blanco. Los independentistas van de farol. Se lo han colado incluso a su propio electorado y necesitan “actos de soberanía”, la imagen de que el Parlament ya actúa como si fuera de facto independiente de la legalidad española, con el objetivo de forzar la mediación internacional para resolver el “contencioso entre Cataluña y España”. Imagen. Y, para eso, el Barça, el Camp Nou, vuelven a ser necesarios. Si se trata de proyectar al mundo un mensaje es el mejor altavoz.
Voluntario repartiendo esteladas. Albert Gea, Reuters.
            Y así se preparó el partido de ayer contra el Bate Borisov, con reparto de banderitas gratuitas y a lo grande. Lo más parecido al Bernabéu en un Primero de mayo del Caudillo, sólo que este palco estaba ocupado, en un partido intrascendente, por el President de la Generalitat, Artur Mas, el conseller de la presidència Francesc Homs, el conseller de Cultura Ferran Mascarell y también el líder de Esquerra, Oriol Junqueras. Y el campo entero pidiendo respeto a la vez que pitaba el himno de la UEFA. Un acto tan institucional a estas alturas, me refiero a lo de la bronca y los pitos, que debe ser una forma de mostrar respeto. Libertad de expresión.
            La misma libertad que usó el grupo de socios "Blaugrana al vent" para pedirle al presidente del Barça que no permitiera el reparto de las 30.000 esteladas. Dicen que el Camp Nou no es un manifestódromo, que no está para actos políticos. Pero se equivocan. Cataluña está regida por los separatistas y, vayan o no de farol, su guerra es la imagen y la quieren ganar a toda costa. Y el Camp Nou es su IMAX universal. En Cataluña sólo hay sitio para las manifestaciones de unos, aunque no sean mayoría. Aunque la bandera que deba lanzarse al vent del Barça no sea la blaugrana del himno.

           Ha cambiado el pendón que hermana a los culés. En el Camp Nou sólo hay vent para tremolar estelades.

ALLONS ENFANTS DE LA MASÍE

Manuel Valls caricaturizado en la portada de Libération por llevar a su familia a la final de la Champions
 en avión oficial.
   Paso a paso, y ahora a grandes zancadas, el problema de Cataluña ha llegado a donde nunca debió llegar. Sin darnos cuenta ha dado el estirón y se ha convertido en todo un "procés", quien lo ha visto y quién lo ve, que no cabe en la ropa del año pasado; tan respondón y desafiante que es necesario hacerle frente, aunque parezca que nadie se atreve con él.
   Las aguas se han revuelto y, de esa turbiedad, sólo sacan beneficio quienes han decidido hacer de su capa un sayo e imponer su visión del mundo al resto. Al resto de Cataluña y al resto de España. Poco importan las leyes, las convenciones y el derecho.    Hace un año, quienes se consideraban con energía suficiente, querían asaltar los cielos y ahora, los separatistas catalanes (eso ya no es una exageración) están dispuestos a bajar a los infiernos si hiciera falta, pero sin rendir cuentas a nadie.
    Los representantes del Estado español en Cataluña se han servido de los sueldos que paga ese Estado y de las instituciones que lo sostienen para dinamitarlo después de dejar paso franco a los artificieros, colaboradores necesarios en la voladura.
    La paradoja de ese "entrismo" es de gran calibre: los representantes de las instituciones elegidas según las leyes del Estado español, se consideran legitimados, por esas mismas leyes que los han hecho representantes, para abolirlas, sustituyéndolas por otras nuevas. Una de dos: si esas leyes no valen en Cataluña las cortes catalanas recién elegidas no sirven ni siquiera para negar la leyes españolas, si es que esas leyes sí valen para nombrar diputados, esos mismos diputados no pueden negarlas, ya que se estarían negando a sí mismos.
    Venenoso bucle. Después de todo, "El proceso", antes que experimento catalán fue novela de Kafka, que parece el guionista de esta situación.
    No valen argumentos para confrontar con los mitos nacionalistas. No vamos a perder el tiempo en buscarlos, sólo vamos a situarnos en este tenso presente en el que el parlamento catalán vota para impulsar el camino hacia una república independiente. Y resulta que, al primer ministro francés, antiguo catalán y eterno culé, le da por comentar a un periodista que estaría encantado de darle cuartel al Barça en la liga de fútbol francesa.
    Lo de Manuel Valls, que puede ser sólo una anécdota, pone en evidencia algo más profundo. Ya se ve que hay quien, fuera de Cataluña, fuera de España, se empieza a creer lo de la independencia catalana. En todo este proceso siempre ha habido algún futbolista, algún estadio lleno de esteladas o de pitos, alguna UEFA malvada o algún presidente paladín de la libertad de expresión, para hacerlo más visible. Y, al final, siempre llegamos al Barça.
    Es más que un club, sin duda. Pero lo es por simbolizar a Cataluña dentro de España y contra sus valores, que ellos han dado en identificar con el eterno rival. Ese centralista y perverso Real Madrid. Fuera de España, perdería todo el sentido. Sería sólo un club, como los demás. La nada.
    Al pragmático Valls puede que le viniera bien el cambio. Su alma culé se lo estará demandando y, a la tradición francesa, inventora de la legión extranjera, tampoco le iría mal. No sabe uno cuando va a ser necesario echar mano de una buena tropa de mamelucos contra las hordas españolas. Cosa distinta es que a Francia, país centralista a rabiar, le venga bien el ejemplo de Cataluña y el patinazo de su primer ministro.
Tira de Neto para El Comercio, 27-X-2015.
    Tampoco creo que le venga bien al Barça, pero sí a los que lo instrumentalizan desde hace años, y ahora más que nunca, para aventar el proceso a los cuatro vientos. Para que no se hable del tres por ciento, para que no se diga lo de la corrupción y la inacción del gobierno, para que no se comente la unión política entre izquierda radical y derecha clerical, para que no se sepa que, como España no tiene brazos, otros robaron en su lugar. Para que sólo se hable de independencia. Como si de eso comieran los catalanes en medio de una crisis feroz.
    Sólo a esos que utilizan el fútbol para otros menesteres les viene bien. Y, tal vez, a la famiglia, Pujol-Ferrusola, cuyos miembros hace tiempo que juegan en la liga andorrana, con incursiones en la Suiza (tan querida para el Barça) y tal vez en otras. Ellos lo tienen fácil. Sólo con la familia se podría hacer una alineación del Barça de fútbol, incorporando nada más que un par de extracomunitarios (dinero para fichajes no iba a faltar). Y, si se opta por el fútbol sala, balonmano, o baloncesto, hasta podrían tener jugadores reservas sin salir de casa. Incluso podrían fichar, de entrenador, a un vicepresidente azulgrana, que con ellos se relaciona.

    A esos padres de la patria tan poco ejemplares, que la están alumbrando para su propio beneficio, les vendría bien el cambio, al resto de la patria no. 

BANDERITA TU ERES ROJA

Pedro Sánchez habla delante de una gran bandera de España tras ser ratificado candidato del PSOE a las elecciones generales. Foto: Reuters

      Se tuvo que morir Marujita Díaz, famosa por exaltar la bandera con el pasodoble de la ínfima zarzuela "Las Corsarias", para que, en un país tan extraño como España, sus representantes políticos empezasen a defender la bandera oficial. En esto consiste una de las diferencias que vende España en Fitur: sus representantes políticos temen mostrar pública adhesión a los símbolos de su país o incluso mencionar su nombre. No pasa en ningún otro destino turístico del mundo. Merece la pena venir a ver esto.
      La cosa tiene viejas raíces. La Transición, alabada durante cuatro décadas, se hizo negando el universo simbólico español (bandera, himno, fiestas) que parecía propio del franquismo. Los nacionalismos periféricos, por antiespañoles, impusieron su discurso, la derecha no quería identificarse con los tiempos pasados y la izquierda, por antifranquista, asumió el discurso nacionalista mucho más allá de lo previsto por su ideología. El PSOE del congreso de octubre de 1974 afirmaba que “la definitiva solución del problema de las nacionalidades que integran el Estado español parte indefectiblemente del pleno reconocimiento del derecho de autodeterminación de las mismas". El Partido Comunista en su “Manifiesto-Programa” de septiembre de 1975, sostenía “el carácter multinacional del Estado español y el derecho de autodeterminación para Cataluña, Euskadi y Galicia, garantizando el ejercicio efectivo de ese derecho por los pueblos”.
      Y entonces, izquierda, derecha, centro y periferia decidieron que España no existiese, ya que no existe lo que no se nombra o no se ve. La bandera española pasó a ser un símbolo de tiempos oscuros, acatada de mala gana como símbolo sólo de unos. Así se generalizó, también, aquello de usar “este país” o “el Estado español” para referirse a España. Era la forma de quitarle el significado nacional a España. De no mencionarla. Sólo era una construcción política, no una nación.
      Ha pasado mucho tiempo. Ahora, ante la contundente presión nacionalista hacia la autodeterminación, la izquierda se da cuenta de que España también existe y de que hay que visibilizarla y hasta nombrarla para ganar votos. Y Pedro Sánchez se cae del caballo del PSOE delante de una gigante y muy constitucional bandera española, dándose cuenta de que esa banderita, mire usted por donde, también es roja.
      Pero, paradojas, resulta que la Transición también se cae de los altares. El movimiento Podemos impone ahora el discurso del "régimen del 78" y sus líderes de "la casta". Y cala. Presumen de nuevo patriotismo, pero no dejan de usar las viejas expresiones, diciendo "este país" unas cincuenta veces por minuto. Parece ser que "ese país" es lo único que se salva de la Transición. Un país que, como hace más de tres décadas, no es España.
Joan Laporta censura a la UEFA ante el expediente abierto al Barça por las esteladas de la final de la Champions. Foto: PúblicoTV.

      Y, en medio del enésimo jaleo por las banderas, los símbolos y las denominaciones nacionales, el fútbol aparece como casi siempre, para enredar el asunto de la patria. Vuelve Joan Laporta desde la tumba de la política para demostrar que, como mejor se promociona el nacionalismo catalán, es desde la poltrona del Barça. Y resulta que a la UEFA le da por ponerle micro, amplificador y coros. Su expediente al Barça por las esteladas de la final de la Champions es la mejor campaña a la que podría aspirar el ahora pretendiente a gobernar el Barcelona. Ya ha conseguido volver el asunto a su favor: "el que quiera esteladas en el campo, que me vote".
      La UEFA, sin duda con nobles y reglamentarios fines, pretende alejar el fútbol de la política, pero añade más leña y más política a la hoguera nacional-futbolera que siempre da lumbre a España y que, en las grandes ocasiones, se convierte en incendio.
      Así sucedió en esa final de la Champions o en la última final de la Copa del Rey. Otra vez. Allí, a los símbolos de España se les puso música, de viento, y ahora se les añaden las estrellas, de la estelada. Ambas cosas que, estando prohibidas, ganarán, seguro, más defensores. Vuelve a ser la España de Marujita Díaz que, en lejanas tardes de televisión, presentaba el programa "Música y Estrellas" repasando lo mejor de la revista.
Marujita Díaz canta "La Banderita" en la película "Y después del cuplé" (1959).


      Laporta, la UEFA, el fútbol, Pedro Sánchez y, sobre todo, las banderas.... Toda una antología de la revista nacional. Si Marujita levantara la cabeza los ojos le volverían a hacer chiribitas, como sólo a ella le hacían.

EL SILBO NACIONAL

Iniciativa, dentro de Change.org, para que se suspenda la final de la Copa del Rey si se pitara el himno español.

Ya está aquí la Copa del Rey. Y ya están, otra vez, el F.C. Barcelona y Athletic de Bilbao en la final. Y ya está aquí el asunto de la pitada al himno español. Raca, Raca, que diría Peridis.
Los ejemplos de cómo el fútbol y la política confluyen son legión, pero éste, sin duda, es el más claro de todos. La Copa es el Campeonato de España, nació en la mayoría de edad de Alfonso XIII y, desde entonces, esa copa la dona el Rey. Es, como el propio rey, un símbolo político. De Estado.
Sólo quien pensara que esto era deporte puede estar sorprendido por lo que está pasando. Centro y periferia, nacionalismos todos, nuevamente enfrentados. De fondo, el barullo legal en que está metido el Barcelona, cuyo presidente ha decidido buscar también una explicación política a la situación procesal: hace 115 años que el club sufre persecución por catalanista. Es, más o menos, el “España nos roba”, cuando quien roba no es España. Dará más pulmones a la pitada.
Lo mismo que ha hecho, en la trinchera contraria, Esperanza Aguirre, quien se ha despedido de sus colaboraciones periodísticas antes de la campaña a la alcaldía de Madrid, con una columna en la que pide que se suspenda el partido si hay pitada. “El Rey y el Himno no valen por ser el Rey y el Himno, sino porque nos representan a todos”, dice Aguirre. A esa solución no parece hacerle ascos Javier Tebas, presidente de la Liga de Fútbol Profesional (que no organiza el trofeo, claro) y que ha provocado incluso la aparición de una plataforma electrónica de apoyo a la medida (ya pasan de 30.000 las firmas y se buscan 50.000).
Desde este blog, siempre ofreciendo alternativas de convivencia, no queremos que la sangre llegue al río y proponemos, como en el caso de la consulta catalana, una solución de compromiso. Cada vez que el Barcelona y el Atlhetic lleguen a la final de la Copa del Rey, la pitada al himno sería considerada un episodio más, inserto en el protocolo de la celebración. Una especie de himno al himno, con la peculiaridad de estar interpretado por los propios asistentes a la ceremonia, que se convertirían así en partícipes de la misma, en idéntica medida que sus Majestades o los propios deportistas.
Sería un caso de comunión máxima entre política, deporte y cultura. Asumido que ya se han mezclado, especialmente en el caso de fútbol y política, estamos hablando de verdadera participación ciudadana, sin castas, trampas, dobles contabilidades ni tarjetas black. Esta iniciativa de regeneración podría, incluso, ir en los programas electorales de las próximas elecciones. ¿Acaso no es transparencia y libertad de expresión?
Es más, si la cosa cuajara, podría solicitarse una declaración de patrimonio de la humanidad a la UNESCO. Patrimonio cultural inmaterial. Ningún país del mundo posee una tradición como ésta. Ni la tendrá jamás. Hay que protegerla, no se vaya a extinguir.
 No parece solución descabellada, sería algo así como el silbo canario, un lenguaje silbado que se emplea también en ceremonias, incluso religiosas. El paralelismo es absoluto, pero con grandes ventajas para nuestra propuesta. A saber:
1.      Un universo muy superior. Actualmente el silbo canario sólo se practica en La Gomera. Su universo de silbantes es, siendo optimista, de 22.000 almas. En una final de la Copa del Rey de fútbol pueden llegar a ser 80.000 o 100.000 (como en este caso que se hará en el Camp Nou en alarde de neutralidad y previsión).
2.      Facilidad de aprendizaje. No hace falta diferenciar entre silbidos vocales o consonantes. El mensaje es tan corto que todo el mundo lo entiende. A la primera.
3.      Economías de escala. La medida puede aplicarse, con la misma inversión, al baloncesto o incluso a deportes minoritarios, siempre que requieran presencia del Jefe del Estado.


En fin, es una solución. Si les parece bien, aplaudan. Si es lo contrario, silben. No se corten.

Por los próximos 100 años juntos

A Elena Ribera, diputada de CiU, le pareció muy mal el anuncio que el cava Freixenet eligió para este año. La cosa no tenía que ver con los bailes de María Valverde, ni con la calidad de las canciones de Bisbal ni con la belleza de las clásicas burbujas. Lo que no le hizo gracia alguna es el eslogan de la campaña: “por los próximos 100 años juntos”. Concluyó la señora Ribera que la cosa iba más allá de vender espumoso y se refería a la crítica situación que viven las relaciones entre Cataluña y el resto de España. Es decir que, consultando los posos del cava, la diputada nacionalista interpretó que Freixenet decía no a la independencia. Eso no le gustó y hasta encabezó un amago de boicot al citado producto en Cataluña.
Foto: señal ETB.

El eslogan cala. Para partidarios y detractores, cala. Así que, desde los sectores nacionalistas, ha parecido más inteligente unirse a él que combatirlo. El contraataque lo sobrepasa en toda la línea. La doble lectura de Freixenet, que no niega ni su presidente Lluís Bonet, es un arma convencional, pero el fútbol, especialmente para esto del nacionalismo, es el arma atómica. Así que en el arsenal compartido por PNV y CiU han empezado a abrirse los silos para lanzar misiles en forma de selecciones nacionales, aprovechando que el deporte, especialmente el fútbol, ha pasado a ser ya uno más de los elementos constitutivos y hasta definitorios de cualquier Estado.
Si se tiene selección de fútbol se tiene Estado. Esto lo entienden hasta en Gibraltar. Sobre todo allí. Por esa razón aquellos partidos navideños, medio muertos desde hace años, ahora tienen más sentido que nunca. No ya por el apoyo de las organizaciones que buscaban selecciones propias en el País Vasco (Euskal Selekzionaren Aldeko Iritzi Taldea) o Cataluña (Plataforma Pro Seleccions Esportives de Catalunya) sino por el de los jefes de los gobiernos autonómicos.
Por eso Artur Mas e Íñigo Urkullu, antes del partido acordaron hacer frente de forma conjunta a la “recentralización” del gobierno. Es decir, los representantes del Estado español en Cataluña y el País Vasco, decidieron atacar, con luz y taquígrafos, al Estado que los inviste de poderes y que les sigue pagando.
Íñigo Urkullu y Artur Mas aplauden los himnos autonómicos desde el palco de San Mamés (señal ETB).

Por eso Jon Redondo, director de deportes del Gobierno vasco, expresó su deseo de que este partido sea el último de una selección no oficial. Por eso también, Gerard López, entrenador de Cataluña, resaltaba que "evidentemente, es un encuentro reivindicativo que se sale de lo meramente futbolístico. También es un tema identitario y en esto coinciden los dos equipos".
En estos casos se suele decir que el resultado es lo de menos. Aquí podemos ir más allá: el partido fue lo de menos. Los coros, danzas y pendones exhibidos se podían esperar, incluso las pancartas que sostenían los jugadores de la selección española. Lo único realmente novedoso fue asistir a la interpretación de los himnos en respetuoso silencio en unas gradas llenas de esteladas e ikurriñas. Pero el verdadero partido ya se había jugado en el palacio de Ajuria Enea, con la victoria de ambos contendientes, corroborada en San Mamés con fraternal empate. Perdió España.
 Quien se enfrenta a otra selección se enfrenta también a otro país. Hace cien años que Cataluña y el País Vasco lo hicieron por vez primera, pero nunca con el simbolismo de ahora. Hasta el momento todos los partidos fueron amistosos. La intención política de los gobernantes de estos territorios es que, a partir de ahora, sean oficiales, es decir, nunca más “amistosos”.
Foto: Alfredo Aldai para EFE.


Al final, todos contentos, brindando con txakolí sin equívocas burbujas, por el final de los encuentros amistosos y por otros cien años juntos… siempre y cuando estén separados de España, claro.

Patria o muerte

La muerte se asomó al Manzanares para festejar un partido de fútbol. Al río se fue con la vida de un hombre que no parecía tener más patria que el fútbol, la misma, por cierto, que quienes lo tiraron al agua con el bazo y la cabeza reventados.
Para los dos ejércitos de sin cerebro que se citaron el 31 de diciembre a la rivera del río el fútbol era, en efecto, su patria. El fútbol y nada más. Riazor Blues y Frente Atlético. Nacionalismo gallego de izquierdas y nacionalismo españolista fascistoide. Dos bandos que tienen sus brazos en estas dos bandas armadas de cualquier cosa que haga sangre, de todo menos palabras.
El Frente Atlético y alguno de sus símbolos (Foto: byatleticofans).

 Un problema viejo. En España no parece existir la patria salvo cuando se encarna en este deporte: si hay victoria, si hay celebración, si hay juerga y banderas, si se gana el Mundial. Es el único momento de acuerdo en una empresa común, el único en que no hay discusión.
El resto del año el fútbol lo ocupa todo para unos grupos que lo han hecho su razón de ser. Su patria chica y su patria grande. Que lo utilizan por las facilidades y hasta la impunidad que las organizaciones de este deporte ofrece a los que embozan en él sus pretensiones y su verdadera ideología. No hay sitio como un estadio para concentrar a 80.000 o más personas; para gritar con libertad aquello que interese, para corear consignas políticas o mafiosas, para decirle al jefe o al vecino aquello que se calla en el ascensor.
Un estadio de fútbol puede amparar lo peor de cada uno con naturalidad, sin peligro, con permiso de la autoridad competente, ya que el tiempo siempre lo permite. En algunos países ha servido para que se grite pidiendo libertad, en países como el nuestro sirve para que algunos asesinos avienten su rabia, entrenen sus músculos, engrasen sus armas y se cisquen en todo y todos con retrasmisión televisiva planetaria. Sólo existen ellos y los suyos.
Y vuelven las patrias. La del fútbol es sólo la coartada, por debajo asoman las banderas de las otras. Son conocidas. Son de las patrias viejas. Son las banderas nacionalistas gallegas, as estreleiras que la policía retiraba a la puerta de los estadios a los Riazor Blues, ante la protesta del Bloque Nacionalista Galego (BNG). El mismo BNG que, aliado ahora con Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), pide la comparecencia en el Congreso del ministro de Educación Cultura y Deporte, para que explique qué medidas piensa adoptar su departamento para “erradicar la violencia del deporte”.
Los Riazor Blues y algunos de sus símbolos (Foto: GN A Coruña).

Enfrente ondeaban las banderas de una España que ya no es, pero que el Frente Atlético exhibe colgada de las garras nazis o partida por la guadaña de la parca. “Atleti o muerte”, dicen, pero están diciendo “patria o muerte”, como aquel comandante caribeño, barbudo y fumador. Ya es hora de que alguien mande “a parar”.
Con el beneplácito de todos han tomado como excusa lo más miserable que la patria como concepto ha aportado a la Historia. Su patria es sólo suya y ni tan siquiera es el fútbol. Es la que retratara Samuel Johnson, cuando dijo que “el patriotismo es el último refugio de los canallas”.
Patria o muerte. Había dos opciones y, por desgracia, siguen eligiendo la peor.


Joan Laporta contra Blas de Lezo


Sólo en Matrix y en España un combate como éste es posible. Me refiero a la contienda entre un expresidente del Fútbol Club Barcelona y un glorioso marino muerto en el siglo XVIII. Y, como creo que no estamos en Matrix, sólo podemos estar en España. Aquí, con el permiso del Pequeño Nicolás, pasan estas cosas tan raras.
Tal vez si no fuera por Joan Laporta este artículo no tendría cabida en un blog como éste, pero el bueno de Laporta, que ha usado el fútbol para pasar a la política, al no ganar en este terreno ninguna copa, ahora está usando la política para volver al fútbol, con lo que es pertinente anotar tan fabulosa anacronía. Tarde o temprano, esto nos acabará llevando del terreno de la controversia al terreno de juego, si seguimos la trayectoria de Don Joan.
He dicho anacronía pero tal vez quería decir ucronía, pues de eso se trata ahora. Algo tan querido por los nacionalismos que sólo puede compararse el uso que el catalán hace de la Guerra de Sucesión, con el que el franquismo hizo del Imperio o los Reyes Católicos. Las cosas no fueron así. Nunca lo son cuando el pasado se utiliza para justificar el presente. Mucho menos cuando con esa maniobra se intenta torcer la realidad.
Volver a la Guerra de Sucesión es, sobre todo, querer guerra. Usarla para fabricar la munición de propaganda con la que ahora se cargan todos los cañones, una contienda de esas en las que la primera víctima es la verdad. La mentira gana, por tanto. Y la injusticia también. Por eso tan español de despreciar lo propio, de no valorar a los hijos más ilustres, Blas de Lezo, después de una carrera militar gloriosa, tras enfrentarse a los ingleses con una cuarta parte de hombres y cañones y ganarlos en la defensa de Cartagena de Indias, tras derrotar a la flota más fabulosa que el mundo conoció hasta el desembarco de Normandía, murió traicionado, apestado y arrinconado en una inmunda fosa.
Estatua erigida en Madrid a Blas de Lezo. Foto Ángel Díaz (EFE).


Siglos después, cuando se trata de reparar esta injusticia histórica con una estatua en Madrid, desde Cataluña se rescata de la brillante hoja de servicios de Don Blas su presencia en la Guerra de Sucesión como capitán de uno de los buques que participó en el bloqueo de Barcelona. Y se pide que esa estatua sea eliminada al nacer. Y es una contradicción fabulosa. 
Lo es porque, en teoría, a los partidos independentistas no debiera importarles nada de lo que suceda en Madrid. A ver si alguien va a pensar que en Cataluña aún queda quien sienta como propio lo que ocurra en el resto de España. Por otro lado, la erección de esta estatua se ha hecho por medio de un proceso participativo canalizado a través de la plataforma change.org, que reunió 10.700 firmas y 150.000 euros de muchos ciudadanos. No debiera quedar en el aire que los partidos soberanistas catalanes están en contra de los procesos participativos, aunque sean procesos pagados con el dinero de los particulares.
A Blas de Lezo lo llamaban el Mediohombre. Había perdido un ojo, un brazo y una pierna defendiendo a unas autoridades que no lo merecían. Tal vez sea esto lo que más molesta de la estatua: retrata la lealtad de un servidor al Estado, aunque ese Estado no le pagase. Puede que sea precisamente eso lo que no se entiende en una parte de la política catalana de hoy, donde no se es fiel al Estado que se representa, aunque éste pague muy bien. Blas de Lezo es un héroe en un país que hoy es de los villanos. No cuadra.
Por eso Joan Laporta y su Democràcia Catalana deberían buscarse otro objetivo. Don Blas no perdió nunca más batalla que la de la fama. Esa que ahora, gracias a los soberanistas catalanes, empieza a ganar también.

La solución a la consulta catalana


Madridista votante en la ya célebre foto de Marta Pérez para EFE.
La imagen más repetida del vicereferéndum catalán del 9-N ha sido la de un votante ataviado con la camiseta del Real Madrid. Con un par.
La foto gustó mucho a unos y disgustó profundamente a otros. Los primeros pensaron que al buen señor se le suponía valor, una dosis suficiente como para desembarcar en Alhucemas. A otros, que se explotase tanto esa imagen les causó hartura. Parecía injusto lanzar sombras, no ya sobre el proceso catalán, sino sobre Cataluña toda, como si no fuera posible salir con esa camiseta por aquellos pagos. Se había convertido en noticia algo que no lo era, sólo el ejercicio de la libertad de expresión.
He aquí la clave, no la libertad, si no la expresión. ¿Era casual el atavío? ¿Ese señor se fue a votar con lo primero que pilló por casa? Como buenas preguntas retóricas, ya van respondidas y más en un blog como éste. No sería necesario un artículo para demostrar que el Real Madrid, quiéralo o no, representa a España, sobre todo en Cataluña.
El asunto es más claro aún en un momento como éste, en que la efervescencia independentista está haciendo replantearse hasta las más recientes interpretaciones de la cuestión. Hace sólo dos años dejó escrito Simon Kuper en su libro Fútbol contra el enemigo que “El Barça es el símbolo que Cataluña necesita en lugar de un Estado”. Pues bien, la cosa ha cambiado tanto en tan poco tiempo que no queda más remedio que trocar los términos de esa frase hasta concluir que el Real Madrid es el símbolo que Cataluña necesita en lugar de un Estado… Español, por supuesto.
La cosa de la camiseta tiene su importancia. En este diálogo para besugos que suponen los últimos tiempos de la cuestión catalana, los contrarios a la segregación echan de menos una presencia tangible del Estado español. Que aparezca, que diga, que haga. Por eso, si no pasa por allí, si no hay brazo armado de la fiscalía, si los jueces temen ser desproporcionados, la presencia del Estado queda a salvo con uno de sus símbolos: la camiseta del Real Madrid. Un vicario del Estado español intentando, se supone, que no nazca el Estado catalán. Está tan claro que la situación contraria, un independentista catalán del Real Madrid, le ha dado al maestro Forges para una viñeta: de chiste.

El madridista embozado de Forges en El País, 11-XI-2014.

Por eso hay que volver a la foto del votante. Si, con la que está cayendo, un ciudadano se atreve a ir a votar en Cataluña a cuerpo gentil, con la camiseta del Madrid, además en su variedad de manga corta, puede ser que se trate de algo más que un machote, que su gesta sea más que un heroísmo singular. Y puede que, llegado el caso, no sea imposible que se repita y hasta que se multiplique. Podría ser la punta de un oculto iceberg que no aparece en las cartas de navegación de Oriol Junqueras, muy feliz en el puente de mando del Titanic de la independencia. ¿Acaso no es el Madrid el segundo equipo de Cataluña? ¿Acaso no le es fiel, dicen, el 20 % de la parroquia? Únanse a estos los indecisos, los periquitos y los conocidos de la familia Pujol Ferrusola y empezará a aflorar masa crítica. Tal vez estemos encontrando la salida a este endiablado bucle soberanista.
Me explicaré. Podría llegarse a un acuerdo que fuese bueno para ambas partes. Que no provocase situaciones incómodas, ni necesitase de locales públicos, ni siquiera vulnerase ley alguna. Una salida dialogada, incruenta, deportiva, Fair Play. Y barata. Que ya se sabe que donde fueres…
Desde estas páginas se propone que se convoque a todos los residentes en Cataluña a salir a la plaza mayor de sus pueblos y ciudades a fecha y hora concretas. Los partidarios del Estat Català han de llevar la camiseta del Barça, los del Estado Español la del Real Madrid. El escrutinio lo podrán hacer árbitros FIFA, por supuesto internacionales, para garantizar la limpieza del proceso.
Como la ley ha dejado de ser lo más importante, no habría mucha diferencia con el cuasireferéndum de hace unas horas. Puede que este sentimiento primario y rotundo, que no admite casillas, aunque si piques, que no tiene dobleces ni confusiones, que no tiene SÍ/SÍ, ni  NO/NO, ni SÍ/NO ni siquiera NO/SÍ sea la solución. O se es o no se es. O se quiere un Estado o se quiere el otro. Blaugrana o blanco (y en botella).
En fin, se ofrece de forma totalmente desinteresada esta idea a los gobiernos catalán y español y si, una vez realizada la consulta, en forma de simulación en diferido de proceso participativo, una de los dos partes no está conforme con el resultado, siempre le puede echar la culpa al árbitro.

Barras y estrellas


Familia con las camisetas-senyeras del Barça en la Diada de 2014. Foto: Cristóbal Castro para El País.

Lo que diferencia a una bandera de Cataluña, de una bandera independentista de Cataluña es, fundamentalmente, una estrella. Esos astros que se adaptaron a la cuatribarrada para calcar la bandera cubana y, tal vez, seguir su camino de alejamiento de la madre patria. Ahora que, con una mínima distancia, vemos lo que queda de la Diada del tricentenari, además de mucho ruido y ninguna nuez de nueva cosecha, queda lo de siempre: el papel estratégico que el F.C. Barcelona juega como vocero, no ya del nacionalismo, sino de la independencia de Cataluña
El club ha convertido a sus jugadores en banderas con mangas y los ha puesto a correr por el ancho césped del Camp Nou. Un estadio que ha vuelto a ser el parlamento de la calle, el lugar para gritar por la independencia, el sitio donde votar a mano alzada por si las urnas no salieran a la calle.
Poco queda en estas ocasiones que no sea política en la casa blaugrana. Poco. Y es un secreto a voces que lo que no se dice en la calle se dirá en el campo. Con gritos. A voces. Desde unas gradas que del “visca el Barça y visca Catalunya” han pasado a pedir la independencia.
Pancarta con el recuerdo de la Guerra de Sucesión con los colores del Barça y Catalunya. Foto: EFE

Esto es tan cierto, tan de tarde de fútbol en Camp Barça, que hasta los creadores del videojuego FIFA 15 le han incorporado, en el ambiente, los gritos de independencia del minuto 17:14. Para dar más realismo al producto. Y, como estas multinacionales no arriesgan un céntimo, va a resultar que la independencia es negocio. Al menos para el FIFA.
Tweet de Gerard Piqué mostrando a su hijo con la camiseta-senyera en la manifestación de la Diada del 2014.

Los del juego han puesto el grito en el cielo de los píxeles, enlatando la protesta para llevarla a todo el mundo sin que pierda propiedades ni vitaminas.
 La calle ha puesto las barras. Largas, muy largas, para componer esa uve reivindicativa.
Y el Barça ha puesto las estrellas a jugar en el campo. Con la obligación de recordar que, hace trescientos años, hubo una guerra civil, de alterado recuerdo, y que hoy se libra otra con propaganda y con pelotas (o sin ellas). Sus camisetas lo dicen, aunque ellos hayan nacido en Rosario, en Mogi das Cruces o en Arguineguín.

Todo sea por la causa.

Borbones y balones

La patria de los Borbones y la patria de los balones celebrando juntas la victoria del Mundial 2010.

La Providencia, la casualidad, la justicia poética, el cambio climático o el gobierno han querido que, con un día de diferencia, salieran a la calle la patria de los Borbones y la patria de los balones para preguntarle a los españoles si quieren más a papá o a mamá.
En unas horas la monarquía y la selección de fútbol se jugaron el porvenir. La cosa tiene más calado de lo que parece ya que, cada uno con su carga simbólica propia, representan lo mismo: España.
Según esa constitución que ahora dicen que nadie votó, el Rey de España es el jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia. Y la selección de fútbol fue, hasta el pasado miércoles, la España que movilizaba de verdad al pueblo en su sentimiento de pertenencia a la nación. Por lo tanto otro símbolo de unidad y permanencia en la victoria.
Fuese casualidad o maniobra, la cosa no estaba mal traída. Si la España del fútbol ganaba a Chile, el nuevo rey sería quien marcase los tantos. La réplica de la copa del mundo sobre la mesa de su nuevo despacho lo delata. Empezaría su reinado, casi desde el banquillo, recibiendo aclamaciones. Se podría apropiar de esos triunfos, de la alegría sincera de una parte no pequeña de los españoles. Una manera inmejorable de arrancar. Pues, como dijera en 2012 Manuel Marín, expresidente del Congreso de los Diputados: “en España no existe un sentimiento de autoestima colectiva excepto cuando Iniesta mete un gol”.
Pero Iniesta no marcó y el partido se perdió. La selección española vuelve humillada, subida a la máquina de los peores tiempos. La patria de los balones corre el peligro de viajar allí; antes de 2008. Cuando, con una selección perdedora, ni la patria del fútbol lograba reunir el entusiasmo colectivo. Antes de que las calles se poblaran de banderas de España, aunque fuese para celebrar goles. Y eso afecta a la patria de los Borbones, pues Felipe VI se va a encontrar un panorama rudo, de crisis, disgregación territorial, debilidad del Estado y descreimiento en los políticos. Y la tricolor, que el fútbol no se usaba ni para animar ni para celebrar, ondeando por ahí, aunque estuviera proscrita en la ceremonia de proclamación del nuevo rey.
En España la república es una causa torcida, hasta gafe si me apuran. Siempre que parece estar tocándose con los dedos se vuelve del revés. Los republicanos españoles ya se frotaban las manos al ver abdicar a un rey, incluso algunos tuvieron la astucia de votar en el congreso en contra de esa abdicación (que se quede, que ya le habíamos tomado cariño) y resulta que ahora, cuando la monarquía parecía desaparecer, se multiplica por dos sin necesidad de guillotina. Donde antes había dos reyes, ahora habrá cuatro. Como en la baraja. Todos los palos ya están sobre el tapete. No querías taza…
En esa baraja española, el viejo rey Juan Carlos pinta poco ya. Acompañado por la banda sonora de 19 salvas de cañón, se va a desempeñar el empleo de Capitán General en la reserva y lo va a hacer de por vida. Es una buena noticia, tanto para republicanos como para monárquicos, ya que España en estos momentos necesita precisamente eso: crear empleo de calidad y revalorizar las pensiones.
Sobre el tapete el rey nuevo ha perdido buenas bazas. Su reinado no arranca de la mejor manera. La patria del fútbol lo está complicando. Se ha vuelto contra quienes decidieron esta fecha futbolera que podía ayudar mucho, pero ahora puede ser lo contrario. Al volver los naipes del fútbol sólo se ven bastos. Aunque, si al asunto se le aplica la habilidad que ya se ve y ya se lee por ahí, no todo está perdido. La patria de los balones le puede hacer el último servicio a la patria de los Borbones.
Cuando las redes sociales hierven de alegría nacionalista mofándose de la España derrotada por dos antiguas colonias, cuando avanzan independencias al romperse ese resorte mágico que podía sacar banderas rojigualdas hasta en las ramblas, aún queda una salida. Ahora más que nunca esa maniobra diabólica que dicen maquinó El Sabio de Hortaleza tiene sentido. Hablo de “La Roja”. Ese personaje de ficción creado para no tener que nombrar a España. Las tornas se han cambiado: quienes antes hablaban de La Roja, ahora quieren decir España, pero, al revés, a la patria de los Borbones lo que ahora le conviene, con el permiso de Chile, es hablar sólo de La Roja.
Míster Hyde ha muerto. Y el doctor Jeckyll recobra su verdadera cara, pasados los efectos del bebedizo. Sólo “La Roja” ha sido derrotada y, como ese apelativo nació para rodear a España, ahora España no se siente aludida. Silba distraída con la ceja en alto, tipo Ancelotti, como diciendo ¿es a mi?

Pierde la patria de los balones, gana la patria de los Borbones…pero sólo estamos al descanso de un largo partido. 

Mundial hermano

La campaña de Iberia, sin mencionar a España juega con la identificación del fútbol con la nación a la que representa.
Una nación es, entre otras cosas, una comunidad política imaginada. Todos sus habitantes se figuran formando parte de un territorio con unas fronteras, una cultura y una tradición comunes. Lo dijo Benedict Anderson. Cualquier recurso que consiga a visualizar esa comunidad, sacarla del mundo de las ideas y ponerla en la calle contribuye a crearla.
 Las costuras con las que se ha construido España, como nación y como patria, son hilvanes que se descosen por varios territorios y, en el resto, pasan por fases expansivas o depresivas que perjudican a la idea común. Por eso, si hay algo capaz de darle cuerpo mortal a esa patria, se promociona y se ensalza como un artículo de primera necesidad. Una prioridad nacional. El fútbol, por ejemplo.
En el año 2008 la selección española cambió una larga historia que daba para poco presumir y, hasta la fecha, se convirtió en la mejor del mundo. Justo en el momento en que empezaban años terribles en los que la alianza de la crisis económica e institucional debilitaban a la nación vieja, el fútbol ofrecía alternativas, refugio para los desahuciados, cambio para los bonos basura. Una patria alternativa en la que no sufrir pobreza energética ni movilidad exterior, donde ser superpotencia.
Un Estado-nación sustituido por un equipo-nación. El lugar donde van a confluir todas las identidades simbólicas nacionalistas y que, en España, se presenta más unido para el caso del fútbol que para el de la patria tradicional. Se hace realidad, al menos, cada dos años. Si hay victoria, claro.
Pero el fútbol es, ante todo, una realidad paralela. Como patria es un personaje televisivo llamado “La roja” que bebe de los códigos del resto de personajes que pueblan hoy día ese medio. Un lugar donde Belén Esteban es una escritora de éxito, Cecilia Giménez, la restauradora del Ecce Homo de Borja, una gran pintora, Paquirrín un cantante de mérito, y Jorge Javier Vázquez el ganador de un Premio Ondas.
Cada cuatro años esa realidad alcanza su mejor expresión en el Mundial de fútbol que, como competición deportiva de mayor seguimiento planetario, es el padre de todos los reality shows que en televisión han sido. Todavía hoy, en Brasil 2014, sigue demostrando que responde a sus códigos y está hecho según sus protocolos más tópicos: encierro y aislamiento de los protagonistas que pasan a tener su vida televisada durante un mes; eliminación progresiva de los nominados; participación del público, en este caso matizada por la FIFA pues, como en todo reality que se precie, hay guión (que se lo pregunten a Croacia).
            Normalmente las selecciones llegan al Mundial con el espíritu del buen concursante de reality: por si se perdiera, no conviene decir de forma directa que se viene a ganar sino a conocer gente y a ser uno mismo. La copa no se mira, no se toca.
De estas tres posibilidades (ganar, ser uno mismo y conocer gente) a la selección española casi siempre le había tocado la tercera. Se iba con las manos llenas de amigos y nada más. Incluso ser ella misma, antes de la invención del tiqui-taca, le costaba dios y ayuda. Ni ella misma sabía lo que era. A qué estaba jugando.
Desde la triple corona el mundo es otro. Lleno de banderas rojigualdas, de héroes recibidos por las calles y en palacio y de acontecimientos aprovechados astutamente para usar a la patria del fútbol como cemento del Estado-nación, que vive horas de una confusa mudanza donde nadie sabe a qué dirección enviar los muebles.
Pero se transita por el filo de una navaja barbera. La patria del fútbol sólo sirve mientras hay victoria. Y a eso se apuesta en cada campeonato. Así empezó todo en éste de Brasil, en retransmisiones que se recrearon lustrando laureles, evocando glorias, repitiendo el gol de Iniesta en el Mundial 2010, “momento histórico” para los comentaristas. Iberdola les daba buena energía, luego Guillette alma de acero y Cruz Campo todos los corazones posibles.
En vano. Holanda fregó el suelo con nuestros campeones en el primer partido del Mundial. A lo peor, La roja tiene que abandonar la casa del Gran Hermano brasileño antes de tiempo para ser escarnecida en triste periplo por esos inmisericordes platós, llenos de tertulianos bocazas dispuestos a decir cualquier bajeza a tanto el insulto.
Cuidado, que la única patria indiscutible ha sido nominada. De momento, tendrá que mudarse a la isla de Supervivientes.

España Rasca

            Que el fútbol es un factor de unidad política en torno a causas nacionales parece algo sin discusión. Ya lo sabe hasta el mismísimo Ministerio de Asuntos Exteriores, cuya Oficina de Análisis ha despachado un denso informe titulado El éxito del fútbol español; clave geopolítica y potencial diplomático.
            Esta letra suena a la música de la “marca España”. El citado informe compara el potencial de la selección española como el de la brasileña, por su capacidad de logros en la cohesión nacional, la mejora de la imagen de España o el apoyo a causas altruistas. Pero en este análisis hay demasiada marca y muy poca España.
            Esta Transición política que ahora se cierra, bailó muchas veces según la música que tocaban desde los nacionalismos vasco y catalán, mientras el nacionalismo español, despreciado por la izquierda y metido en el armario por la derecha, quedaba ausente. Se reconoció la existencia de varias naciones, lo que no es malo ni bueno, pero tiene un problema: ¿cómo nombrarlas a todas cuando el nombre de una, siendo el de todas, no es reconocido por el resto? Es decir, y por resumir, que si se dice España no vale.
       Ese nombre fue sustituido por “el Estado español” construcción epidérmica de raíz franquista, o por giros coloquiales (otra vez de moda) como “este país” o incluso “Madrid”. Nunca España. Y aquí llegamos al fútbol. La capacidad que el fútbol tiene para hacer visible a España fue un peligro. Se hacía nación jugando y se la sacaba del armario en cada estadio. Y si se ganaba era peor.


            Y ahora llegamos a la marca. No fue la marca España sino “La Roja” la que ganó el consenso para no molestar. Decir España era decir demasiado. Había que buscar un sinónimo comercial que hiciese alusión a lo que estaba debajo, pero sin nombrarlo. Así nació La Roja, dicen que en parto asistido por Luis Aragonés en el año 2004. Sea como fuere, logró sus propósitos. Es la famosa marca España pero sin España. Cualquier producto que se precie, de esos que nos inundan aprovechando el arrastre del Mundial lo tiene claro, lo respeta y, lo que es más importante, así vende.
            En esta ocasión la ONCE madrugó más que nadie. Ya le había dedicado en 2013 un billete a Vicente del Bosque y desde el 5 de marzo de este año, con permiso de la Federación Española de Fútbol dio la entidad empezaba a emplear la imagen de la selección en uno de sus “rascas”. Mucho dinero en juego por sólo dos euros de nada.
            Pero claro, como nombrar a España “rasca” bastante, el producto en cuestión fue bautizado como el “rasca de La Roja” que, rascando más, rasca menos. Así se lanzó, con himno y todo, adaptando la misma música de “Yo Te Quiero Dar” que usaban los tenistas de la Davis a una letra de este tenor:

Lo damos todo por estos jugadores,
lo damos todo por nuestra selección,
la camiseta más grande de este mundo,
se gana con La Roja, el once campeón.
Por eso yo te quiero dar, Roja, mi corazón.
Tú me diste lo más grande, yo te doy mi ilusión.



La Roja es España, pero no toca nombrarla. Eso sí, la ilusión de la ONCE le puede tocar a cualquier apostante que tenga mayor fortuna que Jesús Navas, uno de los jugadores que aparece en su publicidad. A él que le tocó el Rasca de La Roja, pero no le tocó ir al Mundial con la selección española de fútbol.
No es lo mismo.